diumenge, 13 d’abril de 2008

Pensamiento circular II: El cambio

Ese miércoles Arce llegó del trabajo como casi siempre: descabellado y tibio como el café de las diez. Ni fú ni fá, como casi todos.
De todos modos, no estaba como casi todos en miércoles. Se sentía incluso abrumado porque el cambio había empezado inmediatamente después de la decisión de cambiar; enganchado a las ganas, como si quisiera ser justo con quien pretende una mejora.

Evidentemente convivía con Arce un sensación de duda: ¿Es realmente posible que deje de ser quién soy y me convierta en otra cosa, que no sé ni lo que es?

De todas maneras, Arce no quería sentirse pensar de esta manera, así que empezó a quitar el polvo, que era lo único que le ponía tan de mala leche que no le dejaba pensar en nada más. Maldita estantería interminable, minada de estupideces, llena de recuerdos que ya no recuerdan a nada. Así fue como cayó en la cuenta de que si quería ser otro, esos pequeños recuerdos podían hacerle volver... quizá no eran tan inofensivos como podía pensarse al primer golpe de trapo.

Fue entonces cuando decidió sentarse en el sofá. O los ácaros habían iniciado un proceso alérgico o la duda lo estaba ahogando. Nada, a guardar el paño, mal asunto.

Miró toda su casa y no se vio a si mismo en casi nada. Ni siquiera los objetos que le devolvían su expresión como reflejo le recordaban lo más mínimo a él.

Quiso hablar en voz alta para sentirse acompañado... él! que presumía de vivir sólo desde los 27 sin pestañear ante la soledad, disfrutando de poderse tirar en el suelo sin oir un solo eco de burla o recomendación.

Se dijo: "Ánimo, tío!" y, casi sin tiempo tras la última palabra, se echó a reir como nunca se había escuchado hacerlo.